Nápoles – Parte 2

Enviada por Elisabetha

Después de la larga cena, nos fuimos a pasear por la zona hasta que Carlo me propuso  ir a ver las vistas más bonitas que puedes tener de la ciudad y la bahía de Nápoles. Nos subimos al viejo y destartalado coche de Carlo, sorteamos el tráfico (agarrándome a la puerta como podía) y empezamos a subir el monte que separa en dos la ciudad. Una vez arriba, dejamos el coche (literalmente lo dejamos, ni siquiera se molestó en aparcarlo bien) y nos acercamos al mirador. Estaba lleno de gente joven, adolescentes, con sus cervezas, su música, sus cigarros, todos haciendo ruido a la vez que disfrutando de las vistas. Y realmente eran unas vistas espectaculares. Toda la bahía a nuestros pies, con ese mar negro de fondo y una luna espectacular.

La noche iba pasando y los dos cada vez nos sentíamos más cómodos el uno con el otro, nos habíamos puesto al día de la mayoría de nuestra vida y quedamos en volver a vernos el día siguiente, sábado. Carlo me dijo que no trabajaba ese día y que, si me parecía bien, me llevaría a una playa muy especial. Acepté al momento. Finalmente, él me acompañó al hotel y justo antes de llegar, me cogió del brazo y me detuvo, se acerco a mí y me besó. Fue un beso breve, de aquellos que lo que pretenden es tantear el terreno y ver si a cambio recibes otro beso o un bofetón. Titubeé un segundo hasta que le devolví el beso y me despedí de él hasta la mañana siguiente.

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Nápoles – Parte 1

Enviada por Elisabetha

Así pues, ese verano decidí irme a Nápoles durante 1 semana para visitar dos yacimientos arqueológicos: Pompeya y Herculano, subir al Vesubio, acercarme a Capri, la costa Amalfina… Todo yo sola.

Me alojé en un pequeño hotel del centro de la ciudad, muy cercano al transvesubiano, el tren que conecta todas las ciudades y barrios que hay alrededor del Vesubio. Nápoles es una ciudad de contrastes, sucia, vieja y medio abandonada que esconde centenares de pequeñas bellezas y tesoros. Pasear por ella es arriesgar la vida a cada segundo: las motos pasan sin miramientos por encima de las aceras, los coches no respetan los pasos de peatones ni los carriles, y a las 6 de la tarde se apagan todos los semáforos, pues nadie les hace especial caso. La sensación de caos es tremenda, y se nota la presencia de la camorra en todos sus rincones. Pero como a todo, uno se acostumbra, y mientras no se note que eres turista, nadie te molesta.

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